Por Valentín Benitez
Coordinador de Horizonte Joven

 

Durante la mayor parte de la historia, la humanidad vivió largos períodos de estancamiento económico y social. Durante siglos, las sociedades apenas lograban superar niveles mínimos de subsistencia. No fue sino hasta la Primera Revolución Industrial y la consolidación del capitalismo como sistema económico que el mundo comenzó a experimentar un crecimiento sostenido a una escala sin precedentes (Lucas, 2002, pp. 109–110)

Sin embargo, el estancamiento nunca fue absoluto. A lo largo de la historia existieron sociedades que alcanzaron niveles significativos de prosperidad aun sin procesos continuos de innovación tecnológica. Un ejemplo claro es el Imperio Romano. Los romanos heredaron tecnologías fundamentales, como herramientas de hierro, el arado y sistemas de escritura, y durante la República, desarrollaron innovaciones relevantes como el cemento, las bombas hidráulicas y las ruedas de agua. No obstante, durante gran parte del período imperial el progreso tecnológico fue limitado. El imperio logró crecer apoyándose en tecnologías ya existentes, pero se trató de un crecimiento sin destrucción creativa y, por lo tanto, difícil de sostener a largo plazo.

Como señalan Daron Acemoglu y James A. Robinson (2012) en Why Nations Fail, existe un elemento común en los períodos de expansión económica sostenida: la capacidad de innovar y de reemplazar las técnicas productivas existentes por otras más eficientes.

Este será el punto de partida de este artículo, el primero de una serie de tres textos titulada “Instituciones, innovación y poder: por qué algunas naciones prosperan y otras no”. A lo largo de esta miniserie se analizará cómo algunas naciones logran sostener procesos de crecimiento mediante instituciones que favorecen la innovación y la destrucción creativa, así como las lecciones que pueden extraerse para América Latina. Para ello, los artículos se basarán principalmente en los aportes de Daron Acemoglu y James A. Robinson.

Si la innovación es el motor del crecimiento económico, surge naturalmente una pregunta: ¿por qué tantas sociedades, a lo largo de la historia, han resistido o incluso bloqueado estos procesos? Las explicaciones basadas en la geografía, la cultura o la disponibilidad de recursos naturales resultan insuficientes para entender por qué algunas naciones prosperan mientras otras permanecen estancadas. Como argumentan estos autores, la respuesta se encuentra, en última instancia, en las instituciones políticas.

De acuerdo con Acemoglu y Robinson (2012), existen dos grandes tipos de instituciones políticas: las extractivas y las inclusivas. Las primeras han sido históricamente las más comunes, tanto en sociedades antiguas como modernas, y se caracterizan por concentrar el poder político en manos de una persona o de un pequeño grupo que utiliza ese poder para extraer recursos del resto de la sociedad en beneficio propio.

En este tipo de sistemas, las reglas políticas y económicas se diseñan principalmente para preservar el poder de quienes gobiernan y garantizar que las rentas generadas por la actividad económica se concentren en una élite reducida. Como resultado, amplios sectores

de la población quedan excluidos de la participación política y enfrentan fuertes limitaciones para desarrollar actividades económicas de manera libre. La falta de garantías sobre la propiedad, las restricciones al emprendimiento y la existencia de monopolios o privilegios otorgados por el poder político reducen significativamente los incentivos para invertir, innovar o asumir riesgos económicos.

Si bien bajo ciertas circunstancias, estas economías pueden experimentar períodos de crecimiento, como ocurrió en el caso del Imperio Romano, dicho crecimiento suele ser limitado y difícil de sostener en el tiempo. Al priorizar la preservación del poder político por encima de la innovación y la competencia económica, las instituciones extractivas tienden a frenar los procesos de cambio tecnológico y transformación productiva necesarios para un desarrollo sostenido.

Las instituciones inclusivas, en cambio, se diferencian desde su base. Estas buscan distribuir el poder político de manera más amplia y garantizar libertades individuales básicas, al mismo tiempo que establecen reglas relativamente justas para la actividad económica (Acemoglu & Robinson, 2012). En este contexto, los individuos tienen mayores incentivos para invertir, innovar y emprender.

Las personas pueden desplazarse hacia aquellos sectores donde son más productivas, mientras que las empresas más eficientes reemplazan gradualmente a aquellas que no logran adaptarse a los cambios económicos. Es precisamente esta combinación de incentivos y garantías institucionales la que permite que los avances científicos y tecnológicos se traduzcan en crecimiento sostenido. Cuando existen derechos de propiedad seguros, reglas claras y la posibilidad de que nuevos actores participen en la economía, las ideas no solo se generan, sino que también se implementan, dando lugar a nuevas empresas, tecnologías y formas de producción que incrementan la productividad.

Sin embargo, si las instituciones inclusivas favorecen la innovación y el crecimiento, surge una pregunta adicional: ¿por qué muchas sociedades no adoptan este tipo de instituciones? La respuesta radica en que la innovación no solo impulsa el crecimiento económico, sino que también transforma las estructuras de poder existentes (Acemoglu & Robinson, 2012).

Los procesos de innovación suelen implicar lo que Joseph Schumpeter denominó “destrucción creativa”: nuevas tecnologías, empresas o formas de producción reemplazan a aquellas que dominaban previamente la economía (Schumpeter, 1942). Aunque este proceso impulsa el crecimiento y mejora la productividad, también amenaza los intereses de quienes se benefician del sistema económico vigente.

Para las élites que controlan el poder político y económico, permitir procesos de innovación puede implicar perder privilegios, riqueza o incluso su posición dominante dentro de la sociedad. Como resultado, estas élites tienen fuertes incentivos para bloquear cambios tecnológicos o institucionales que podrían debilitar su poder (Acemoglu & Robinson, 2006).

Este tipo de tensiones entre innovación y poder no pertenecen únicamente al pasado. En muchas regiones del mundo, y particularmente en América Latina, los procesos de transformación económica han estado históricamente condicionados por estructuras políticas y económicas que tienden a concentrar el poder. En estos contextos, las reformas

que podrían fomentar mayor competencia, innovación o movilidad económica suelen enfrentar resistencias por parte de actores que se benefician del statu quo. Comprender esta dinámica es clave para explicar por qué algunos países logran sostener procesos de crecimiento a largo plazo, mientras otros experimentan ciclos recurrentes de estancamiento.

En última instancia, el desarrollo económico no depende únicamente de la acumulación de capital, de la disponibilidad de recursos naturales ni del talento individual de los emprendedores. Depende, sobre todo, de si una sociedad está dispuesta a permitir que las nuevas ideas desafíen el orden existente.

La innovación no solo transforma la economía, sino también redistribuye poder. Nuevas tecnologías crean oportunidades, pero al mismo tiempo erosionan privilegios, debilitan monopolios y alteran jerarquías políticas consolidadas. Por esta razón, el progreso económico rara vez es un proceso puramente técnico; es, ante todo, un proceso profundamente político.

A lo largo de la historia, muchas sociedades han preferido preservar el poder de sus élites antes que abrir la puerta a transformaciones que podrían haber generado mayor prosperidad colectiva. Allí donde el poder se utiliza para bloquear la innovación, el crecimiento tiende a estancarse. Allí donde las instituciones permiten que la destrucción creativa avance, las economías logran renovarse y prosperar.

Comprender este conflicto entre innovación y poder resulta fundamental no solo para analizar la historia del desarrollo económico, sino también para interpretar los desafíos que enfrentan muchas sociedades contemporáneas. En el caso de América Latina, donde las estructuras de poder han demostrado ser particularmente persistentes, esta tensión continúa siendo una de las claves para entender por qué el progreso económico ha sido tan difícil de sostener en el tiempo.

 

Referencias

Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why nations fail: The origins of power, prosperity, and poverty. Crown Publishing.

Lucas, R. E., Jr. (2002). Lectures on economic growth. Harvard University Press.

Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, socialism and democracy. Harper & Brothers.

 


 

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