Por Pedro Isern
Director Ejecutivo de CESCOS

El 13 de enero la República de China (Taiwán) eligió a Lai Chin-Te, del oficialista Partido Democrático Progresista (DPP), como su nuevo presidente. Por primera vez desde la apertura democrática de 1996 un partido ha ganado tres elecciones consecutivas. Lai ha obtenido 40.05% de los votos y confirma la decisión de la sociedad civil de defender la autonomía de una pequeña isla que ha desarrollado un modelo de desarrollo inédito en la historia reciente.

Beijing ha demostrado una creciente tentación de invadir la pequeña y democrática Taiwán. Sería un error histórico con consecuencias potencialmente catastróficas. ¿Por qué no le conviene a China continental invadir Taiwán? Porque a lo sumo sería un beneficio de corto plazo solo para Xi Jinping y un creciente costo de corto, medio y largo plazo para los restantes actores relevantes, particularmente para la población china en general y para la nomenclatura del Partido Comunista Chino (PCC) en particular. Paso seguido, hay una creciente divergencia entre lo que le conviene a Xi y lo que le conviene a la población china, a la propia nomenclatura del PCC y, por cierto, al mundo.

Básicamente, hay dos cosas que la dirigencia del PCC sabe muy bien: hay una debilidad incipiente del modelo chino y una fortaleza intrínseca de las democracias. El modelo autoritario chino ha dejado atrás su momento de máxima eficiencia y, si bien las democracias viven en el laberinto propio de la complejidad, han vuelto a demostrar que tienen herramientas inéditas para actuar en situaciones límites. Esta es una novedad de la época que la elección de Taiwán confirma en tanto refleja a una sociedad civil de un país pequeño que actúa con valentía y convicción. Las amenazas tácitas y explícitas de Beijing no han servido para amedrentar a una democracia sana y eficiente.

La divergencia entre Xi y la nomenclatura del PCC radica en que Xi es un actor muy poderoso que tiene poco tiempo y el PCC es un actor que ha quedado maniatado por este líder pero que tiene mucho tiempo, es decir, tiene por definición una perspectiva de mediano y largo plazo que Xi ha perdido por su desmesurada ambición.

 

 

Así, aquí hay que hacer una clara división entre una coyuntura bélica que puede beneficiar en el corto plazo a Xi pero perjudicar en el corto, mediano y largo plazo no solo a la población china sino a la estabilidad del régimen político del PCC. El exitoso capitalismo autoritario chino había descansado de 1978 en adelante en una serie de opacos acuerdos tácitos y explícitos que Xi Jinping ha ido modificando a lo largo de sus 11 años en el poder. Xi ha quebrado la regla de la sucesión en el XX Congreso del PCC en octubre del 2022 y eso ha sido prácticamente un golpe de estado. La cuestión taiwanesa es un delicadísimo punto en esta saga porque si bien es cierto que la política de la unificación engloba a toda la dirigencia del PCC, la tentación de invadir es un beneficio de corto plazo que solo beneficia a Xi y perjudica las aspiraciones del régimen para permanecer como actor previsible en el mediano y largo plazo. La nomenclatura sabe esto y Xi Jinping sabe que ellos lo saben. La invasión sería una arriesgadísima jugada para Xi y una amenaza a la capacidad del PCC de permanecer regional y globalmente como un interlocutor previsible.

Ante una eventual invasión hay 3 obvios resultados militares posibles en tres escenarios temporales ineludibles: la invasión puede ser exitosa en un corto, mediano y largo plazo. La invasión puede generar un conflicto “a la ucraniana”, con un final incierto en el corto, mediano y largo plazo y, por último, la invasión puede fracasar en el corto, mediano y largo plazo. Al analizar los escenarios que enfrentará Xi y el régimen chino aparece una conclusión: incluso una victoria militar consolidada en el mediano-largo plazo sería pírrica para Xi y desastrosa para la reputación de Beijing en su aspiración de influir en el futuro en la región y en el mundo. Es razonable suponer que la región sentirá miedo de Beijing pero es erróneo suponer que ello la llevará a la inacción y a la sumisión. Ningún actor en el Asia-pacífico y en Asia central concederá ante China porque eso sería una tregua de corto plazo y una creciente incertidumbre de mediano-largo plazo.

Hay aquí entonces una creciente divergencia entre los beneficios de Xi y los del politburó o nomenclatura del PCC. En el análisis de esa divergencia se comprenderá entonces que la posible decisión de invadir Taiwán es solo racional para el corto plazo de Xi pero irracional para el corto, medio y largo plazo del resto, es decir, para el propio PCC, para la región y para el mundo.

¿Qué descansa entonces detrás de la aspiración de Xi de capturar Taiwán? Una errónea comprensión del rol coyuntural del orgullo nacional, una mala comprensión de la causa de los problemas políticos y una pobre lectura sobre el real estado de la fortaleza del experimento económico chino iniciado en 1978. Como mencionamos, hasta ahora China había implementado un capitalismo de amigos autoritario y exitoso pero, al menos desde la aparición del COVID 19 en adelante, este experimento se ha convertido en un capitalismo de amigos represivo que refleja claros signos de agotamiento. Hay aquí un evidente círculo vicioso entre menor crecimiento económico, creciente represión política, creciente malestar social (especialmente entre los más jóvenes) y la creciente tentación de jugar una carta nacionalista que logre acallar y aglutinar las voces críticas. China continental enfrenta evidentes dificultades económicas y sociales y el recurso típico de buscar un enemigo externo para aglutinar un apoyo interno puede funcionar solo por un tiempo. En la historia hay decenas de antecedentes sobre ello.

Desde hace años China continental viene incrementando la presión simbólica y militar sobre Taiwán. China continental es una enorme y opaca economía que representa el 18.8% del PIB global y Taiwán una comparativamente pequeña democracia transparente que representa el 1.02%. La comunidad internacional ha normalizado con el paso del tiempo la permanente vocación de Beijing  de extorsionar a la isla. No es una situación normal y, por cierto, una tarea de las democracias liberales alrededor del globo es no ser indiferentes. Es evitar caer en la cobarde situación de la equidistancia. No hay equidistancia posible entre una autocracia enorme y agresiva y una democracia pequeña, pacífica y transparente. Al menos no debiese haber por parte de las democracias una actitud de equidistancia. No es solo una cuestión moral. Es también una cuestión geopolítica porque ante un determinado estado de cosas la equidistancia se convierte en una torpe complicidad.

 


 

Si te interesa apoyarnos, te invitamos a hacer una donación haciendo click aquí: